LOS REYES MAGOS Y SU RELACIÓN CON LA PERFUMERÍA
De acuerdo al relato bíblico, tras el nacimiento del niño Jesús
Unos magos que venían de Oriente llegaron a Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el rey de los judíos recién nacido? Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo.» […] Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y le adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra.1 ¿Por qué obsequiarle precisamente con estos tres materiales? Actualmente, podría parecernos extraño ofrecer a un recién nacido tres regalos tan disímiles entre sí como lo son la mirra, el incienso y el oro, sin mencionar el hecho de que, en nuestra cotidianidad, son pocos los usos que podemos darle a estos materiales. Sin embargo, no debemos perder de vista el hecho de que, según la tradición cristiana, el niño Jesús nació como el rey de los judíos, una advocación ligada directamente con la divinidad. Por otra parte, es necesario enfatizar el hecho de que, aún en la actualidad, es común rendir tributo a las deidades a través de ofrendas aromáticas, y tanto el incienso como la mirra, constituyen dos materias primas altamente valoradas en la perfumería por sus cualidades aromáticas, además de que históricamente se les ha utilizado por diversas culturas para conectarse con sus dioses. De esta manera, podemos comprender que estos magos llegados de Oriente, al obsequiar al niño Jesús con tres ofrendas dignas de los más altos jerarcas de la época, reconocieron en él su carácter divino. Por ello, nos resulta sumamente interesante y pertinente indagar a profundidad en las implicaciones aromáticas e históricas de estas materias primas.
En este sentido y según el Códex Zuqninensis, un texto de origen sirio que incluye un pasaje intitulado La revelación de los magos, los tres regalos ofrecidos al niño Jesús formaban parte de las riquezas contenidas en la cueva de los tesoros, un recinto que de acuerdo a la tradición siria, resguardaba innumerables objetos sagrados que databan de la época de Adán.2 En el caso específico del oro, el incienso y la mirra, el texto narra que Adán alcanzó a tomarlos del Edén tras su destierro.
Hasta cierto punto, podemos comprender por qué uno de los regalos consistía en oro, pues históricamente ha sido uno de los metales preciosos más valorados. Debido a su maleabilidad, el oro ha sido usado para fabricar monedas y joyería, lo cual lo ha afianzado como un objeto lujoso. En este sentido, los magos llegados de Oriente le obsequiaron oro al niño Jesús en una clara alusión a su carácter de rey de los judíos, pues este material es un símbolo de poderío y riqueza. En su estado natural, el oro se encuentra en yacimientos bajo tierra a manera de pepitas de forma irregular. Su denominación en latín, aurum, significa brillante, siendo esta una de sus características más destacadas. Si bien este metal no posee ningún aroma y por esta razón no puede ser considerado como una materia prima susceptible de ser usada para crear perfumes, en la industria de la perfumería goza de cierto renombre debido precisamente al cariz de lujo y riqueza que se le ha atribuido desde la antigüedad. En este sentido, existen algunas fragancias que en un afán por dotar de exclusividad a su producto, en su empaque y/o diseño de flacon o incluso al interior del frasco, incorporan detalles en oro3, sobre todo aquellos pertenecientes a la perfumería de nicho o autor. Además, es hasta cierto punto común que ciertos perfumes incorporen alguna alusión al oro en sus nombres o en el diseño de sus flacones4, por lo que podemos notar que de alguna u otra manera, esta materia prima se relaciona directamente con el ámbito de la perfumería.
Por otra parte y hablando particularmente del incienso, la tradición establece que los magos ofrendaron con esta resina al pequeño porque reconocían en él a una deidad, pues este material se ha utilizado históricamente para ofrendar a los dioses gracias a su particular aroma.
Su denominación en hebreo, ketoret, proviene de la raíz keser, misma que hace referencia al acto de unir, entrelazar o relacionar y en este sentido, se consideraba que el humo que emanaba al quemar la resina constituía un excelente medio para unir el cielo y la tierra, lo divino y lo mundano. De acuerdo a una de las obras en las cuales se basa la Kabbalah, una corriente espiritual de la religión judía
“quien olía el humo se volvía puro de corazón y dispuesto a adorar a su amo:
la mancha del mal espíritu desaparecía de él. Así el incienso poseía el poder
de quebrar completamente el poder del mal espíritu en el hombre.”
Por otra parte, en China, el incienso sigue fungiendo como el principal medio de comunicación con el más allá, y es habitual su uso en los ritos funerarios para proteger el alma de los recién fallecidos en su camino hacia la otra vida, pero también es común que se prenda incienso durante los rituales de oración. La importancia de este material llegó a ser tal que desde el s. II a.C comenzó un comercio intensivo de incienso entre Arabia y Europa, pues no existía ningún culto que pudiera ofrendar a sus deidades sin la fragante resina, misma que además se transportaba a la par del oro, marfil y textiles, custodiados todos de los ladrones en un viaje que duraba un promedio de sesenta y dos días. Al provenir de Arabia, estos materiales eran conocidos como productos persas y se estima que en sus mejores épocas, a lo largo de la ruta del incienso se trasladaban anualmente más de tres mil toneladas de incienso.
Ahora bien, ¿qué es el incienso? Se trata de una sustancia aromática obtenida de algunos árboles resinosos del género Boswellia, mismos que podemos encontrar al norte y oeste de África, India, Omán y Yemen. A los troncos de estos árboles se les hacen algunas incisiones para obtener su savia, misma que al endurecerse y secarse, puede pulverizarse obteniendo así el famoso incienso. La temporada de calor es la preferida para obtener el incienso, pues debido a las altas temperaturas, la resina gotea con mayor fluidez, misma que tiene un aspecto blanquecino y terroso. De hecho, entre más blanca sea la resina, mejor valorada será, pues se considera más pura. Posteriormente, esta se dejará reposar por hasta diez días, tiempo promedio que tarda en secarse. Transcurrido este lapso, esta “goma” se raspará del tronco para repetir el procedimiento unas cuantas veces más hasta la cosecha final de otoño, misma que es considerada la más valiosa por estar más libre de impurezas.
Si bien puede ser obtenido de diversas especies, el tipo de incienso más común es el de Olíbano o Franquincienso (del francés antiguo, “incienso puro”) mismo que posee un aroma dulce, ahumado, cálido y maderoso tan agradable que en Omán, uno de los principales países productores, se le llegó a conocer como “El sudor de los dioses”. Cuando se usa en perfumería, es común encontrar esta materia prima en las notas de fondo, pues posee atributos fijadores, combinándose muy bien con cítricos como la bergamota, flores y especias, otorgando un aroma particular a todas las composiciones que lo integran, mismas que con frecuencia pueden transportarnos a ciertos entornos religiosos
En ocasiones el incienso se mezcla con la mirra para obtener productos aromáticos, y sin embargo esta última posee su propia importancia histórica así como sus particularidades aromáticas. De acuerdo a la tradición cristiana, los magos de Oriente ofrendaron al niño Jesús con mirra como reconocimiento de su faceta mortal, humana, pero también como indicio de su intención de eliminar todo el dolor del mundo, pues en la antigüedad, a este material se le atribuían propiedades curativas para diversos padecimientos, como heridas y diarrea, e inclusive condiciones como la calvicie. Además, se consideraba que poseía cualidades narcóticas debido a su penetrante olor, capaz incluso de disimular el aroma de la carne en descomposición y conservar por más tiempo los cadáveres.7 Al igual que el incienso, la mirra era comercializada desde Arabia por las mismas rutas comerciales, las cuales eran famosas por estar permanentemente perfumadas a causa de los aromas emanados por los productos que por aquí se transportaban.
La mirra llegó a ser tan apreciada que en la época en la cual nació Jesucristo valía su peso en oro, por lo que podemos comprender que los tres regalos que los magos venidos de Oriente ofrecieron al recién nacido, consistían en objetos sumamente valiosos y apreciados, tanto por su valor simbólico como por su valor real. La mirra, al igual que el incienso, es una resina aromática que se obtiene al realizar incisiones a la corteza del árbol Commiphora Myrrha, endémico de Somalia, Etiopía, Turquía, Omán y Yemen. Dicha resina al endurecerse adquiere un color rojizo y una textura rugosa e irregular que al quemarse, emana un aroma dulce y cálido que frecuentemente podemos encontrar como nota de fondo en los perfumes que la incorporan, mismos que suelen pertenecer a la familia ambarada.
Para obtener una mejor calidad en esta materia prima, es recomendable que se recolecte al amanecer, pues su aroma suele ser más penetrante. Si bien su uso tradicional implica exponer directamente la resina a una fuente de calor, para la perfumería, la mirra se destila al vapor, obteniendo así el aceite esencial, mismo que en la actualidad constituye una de las esencias más valoradas y cotizadas por la industria de la perfumería. De esta manera, podemos comprender la importancia de los aromas en el contexto judeo-cristiano, pues tras este breve recorrido por las materias primas ofrendadas al niño Jesús, sabemos que no fue fortuita la selección realizada.